Inquietudes Bárbaras, por Luis García Montero

El color más vivo recuerda ahora una dignidad en blanco y negro. La manifestación del sábado 24 de abril contra la impunidad de los crímenes franquistas y en solidaridad con sus víctimas, llenó la Puerta del Sol y la calle de Alcalá de fotografías de gente anónima o de personajes históricos como Miguel Hernández, Federico García Lorca, Julián Grimau, Julián Besteiro o LLuis Companys, el presidente catalanista de la Generalitat detenido en Francia por la GESTAPO y fusilado en España en 1940. Me emocionó ver a Companys en la Puerta del Sol, de la mano de muchos madrileño, porque sentí que la España de las autonomías empieza a pensar no sólo en las diferencias, sino en la historia que todos tenemos en común. Y en común podemos tener el respeto mutuo a nuestras diferencias. Es una lección cívica que deberían aprender los partidos políticos y los constitucionalistas.


El olvido es una nube de ceniza que se extiende por la memoria. Quedan suspendidos los vuelos del recuerdo para que la vida sea un viajero con la realidad cancelada. Se retrasa hasta mayo el juicio oral contra Garzón. Un mes más para respirar ceniza. Falange Española pide que se inhabilite 20 años al juez que intentó investigar sus crímenes. A mí me importan, sobre todo, las víctimas. La nube que quiere imponer supone un coste simbólico altísimo. Muchos familiares buscan una reparación moral, pero llevan años perdidos en los aeropuertos de la historia. Los golpistas ejecutaron primero a los padres, y ahora utilizan la ley para burlarse de sus descendientes. ¿Cuándo declararemos ilegales a los jueces que condenaron a muerte, por ejemplo, al poeta Miguel Hernández? La cebolla es escarcha, y el franquismo sigue aforado por la ley del olvido.