Inquietudes Bárbaras, por Luis García Montero

La derecha española se está acostumbrando a ponerse fuera de la ley y a defender el desacato. Unas veces se trata sólo de impedir el buen funcionamiento de las normas adoptadas, como en el caso de la Ley de Dependencia. Otras veces, se llama directamente a la rebelión, como ocurrió con la asignatura de Educación para la ciudadanía, o con la subida del IVA en Madrid, o ahora en Murcia con la Ley del aborto. La moral reaccionaria se entiende a sí misma hoy como espectáculo de militancia antisistema. Es preocupante este anarquismo de derechas. Tan preocupante como la obediencia sumisa de la socialdemocracia europea a la ideología neoliberal. Ni se opone a las leyes, ni a las ideas dominantes. Que hermoso sería colarle mañana un gol de cabeza a la Alemania de Angela Merkel y de los bancos. De cabeza, porque es cabeza lo que nos hace falta. Eso sí sería algo Mundial.


Nos quejamos de la lentitud de la justicia, pero a veces adelanta que es una barbaridad. El Presidente del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Dívar, se ha precipitado a firmar la carta de bienvenida al Papa. Con su visita de noviembre, espera que Benedicto XVI solucione la crisis económica y moral de España. La Vicepresidenta Fernández de la Vega afirma que el fallo del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña es una derrota del PP. Todo el proceso, sin embargo, parece un exponente de la situación peculiar de nuestra justicia. Más que por el concepto de nación o por el idioma, sospecho que la salsa está en una disputa entre jueces por el poder judicial catalán. Sospecho también que en Cataluña, más que lo negado, duele  que se declare irrelevante mucho de lo aprobado. Quizá la culpa sea de unos políticos que piden a los jueces lo que deberían hacer ellos: una definición clara y constitucional de la naturaleza federal de España. Pero ese parece imposible, y nadie sabe por qué.


El lenguaje no es neutro y las frases de la política se meditan bien. Cuando nos dicen que el Gobierno debe hacer los deberes para aprobar el examen de Europa, nos sugieren varias cosas a la vez. Primero: que el gobierno es un niño sin otro poder que el de aprenderse la lección. Dos: que las exigencias de los bancos son una verdad científica. Tres: que aunque no guste, se debe estudiar. Y cuatro: que formamos todos una gran familia con derecho a buenas vacaciones y sin asignaturas pendientes. Hay quien piensa, sin embargo, que el Gobierno de los políticos debería tener más autoridad. Que las exigencias de los bancos y los mercados no son leyes científicas, sino intereses particulares y avarientos. Que el compromiso no debe hacerse con la riqueza del mundo, sino con la pobreza. Y que no conviene irse de vacaciones familiares con Ángela Merkel y Díaz Ferrán. Por eso es justo que al gobierno le quede la asignatura de su reforma para septiembre. Estamos suspensos.


En la flotilla humanitaria masacrada por el ejército de Israel viajaba un superviviente del Holocausto. Es una metáfora, pero sacada de la realidad. Las mejores metáforas nos llegan siempre de la realidad.
Hitler fue un canalla no exactamente por matar judíos, sino por exterminar seres humanos fuese cual fuese su condición. Israel lleva años comportándose en Gaza con la misma indignidad que Hitler sobre un millón y medio de seres humanos.
El mundo real grita y el mundo oficial calla. Muchos ciudadanos de Israel apoyan a su gobierno, como hicieron muchos ciudadanos alemanes con Hitler. Barack Obama, premio nobel de la paz, evita en el Consejo de Seguridad una condena dura de la nueva masacre de Israel. ¿Qué podemos hacer para no sentir asco de nosotros? Pues acordarnos de ese superviviente del nazismo que navega hoy en un barco de paz rumbo a Gaza. Escribió Luis Cernuda que un solo hombre digno es testimonio de la dignidad de todo el género humano. Cada uno es responsable de su conciencia. Conviene recordarlo.


Ya que estamos con las tijeras, ya que se les está pidiendo a los ciudadanos sacrificios, podríamos pedirle a los políticos que recortaran sus humos, para que la crispación y las mentiras fuesen unas víctimas más de esta crisis. En situaciones difíciles, conviene hacer las cuentas con sinceridad, y doña crispación necesita aprender a limitar sus inversiones demagógicas. El PP debería dejar de presentarse como el partido de los trabajadores y Mariano Rajoy sería más honrado si no hiciese electoralismo con las pensiones. Tenemos derecho a pedirle que sus palabras se correspondan con su programa real y que su postura ante las medidas gubernamentales se corresponda con las exigencias de los últimos meses. No pude aparecer como escandalizada de los daños del neoliberalismo la misma voz que ha exigido medidas neoliberales. Y José Luis Rodríguez Zapatero debería dejar de ser unas siglas (ZP) o una caricatura (Zapatero), para recuperar su nombre (José Luis), su rostro humano, y hacer confesiones políticas que compensen su antiguo optimismo. Debe dejar de ser un gestor neutro y explicarnos qué tipo de sistema social injusto, y de Europa injusta, y de mundo injusto, le han obligado a asumir estas medidas. Así podríamos volver a creer un poquito en la política, sólo un poquito.


Las tijeras se han convertido en un utensilio imprescindible en los hogares españoles. Se anuncian recortes en nuestra vida y la euforia se apodera de los mercados, y todos nos ponemos contentos. Las tijeras son la metáfora de que nos hemos acostumbrado a vivir con una moral que no tiene que ver con nuestros principios, sino con los bancos que ayer elevaron sus acciones un 20%. Las tijeras hablan de la fuerza del Estado. Aunque hablamos mucho de la desaparición del Estado en el neoliberalismo, en realidad el Estado existe, y se convierte en unas tijeras cuando cae en las manos del poder económico. El sistema parace tener dos horizontes muy amigos: el enrequecimiento ilegal de los bribones, como los corruptos del caso Gürtel, y las tijeras al servicio de la avaricia legal del capitalismo. Mientras la alta economía va con chaqueta y corbata, la vida de los ciudadanos tiene los calcetines rotos. Y eso se debe, sobre todo, a que las tijeras están recortando nuestros principios éticos, nuestros deseos de protección democrática. Deberíamos atrevernos a coser el futuro, pero con una aguja humana. Las tijeras pueden dedicarse a recortar beneficios y movimientos especulativos para defender los amparos públicos.


El color más vivo recuerda ahora una dignidad en blanco y negro. La manifestación del sábado 24 de abril contra la impunidad de los crímenes franquistas y en solidaridad con sus víctimas, llenó la Puerta del Sol y la calle de Alcalá de fotografías de gente anónima o de personajes históricos como Miguel Hernández, Federico García Lorca, Julián Grimau, Julián Besteiro o LLuis Companys, el presidente catalanista de la Generalitat detenido en Francia por la GESTAPO y fusilado en España en 1940. Me emocionó ver a Companys en la Puerta del Sol, de la mano de muchos madrileño, porque sentí que la España de las autonomías empieza a pensar no sólo en las diferencias, sino en la historia que todos tenemos en común. Y en común podemos tener el respeto mutuo a nuestras diferencias. Es una lección cívica que deberían aprender los partidos políticos y los constitucionalistas.


El olvido es una nube de ceniza que se extiende por la memoria. Quedan suspendidos los vuelos del recuerdo para que la vida sea un viajero con la realidad cancelada. Se retrasa hasta mayo el juicio oral contra Garzón. Un mes más para respirar ceniza. Falange Española pide que se inhabilite 20 años al juez que intentó investigar sus crímenes. A mí me importan, sobre todo, las víctimas. La nube que quiere imponer supone un coste simbólico altísimo. Muchos familiares buscan una reparación moral, pero llevan años perdidos en los aeropuertos de la historia. Los golpistas ejecutaron primero a los padres, y ahora utilizan la ley para burlarse de sus descendientes. ¿Cuándo declararemos ilegales a los jueces que condenaron a muerte, por ejemplo, al poeta Miguel Hernández? La cebolla es escarcha, y el franquismo sigue aforado por la ley del olvido.


En este día de diciembre del año 2025, quiero hacer una confesión. Yo soy el autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Alguna gente se empeña en afirmar que esta obra fue escrita por Miguel de Cervantes. Pero eso es un invento de la policía. Hoy el cielo de España ha amanecido sobrecargado de nubes. Pero no se preocupen por los paraguas, ni por la gente que se moja, porque la lluvia es un invento de la policía. Nunca hubo en España una guerra civil, ni una dictadura con crímenes que merezca la pena investigar. El año 1936 es una invención del juez garzón y de la policía. Las opiniones de los jueces de este país siempre son científicas, nunca son interpretaciones, no hay debates sobre la manera de entender las leyes. Por eso hay que criminalizar y convertir en delincuente al juez que interpreta a su manera una ley. Es un prevaricador, como yo soy el toro que mató a Manolete, tralará. Yo soy la Esperanza que destapé la corrupción, tralará. El PP es incompatible con la corrupción, tralará. En España no se está dando un espectáculo bochornoso en contra de los logros de la justicia internacional y de la persecución de los genocidios, tralará. Vamos todos a contar mentiras, tralara. La mentira se disuelve en la boca del mentiroso, pero permanece como una espesa contra de miseria y humillación en el país que la soporta.


Estamos acostumbrados a pensar que todos los problemas tienen solución, pero no es así. ¿Qué se puede hacer con las corrupciones que afectan a un partido tan importante como el PP? Rajoy era el íntimo amigo de Matas, a quien ponía de modelo, después de veranear con él. Su otro amigo, su compañero ministro Zaplana, confesó un día que estaba en política para forrarse. Los tres pertenecieron a un Gobierno que aprobó medidas precisas para que España se convirtiera en una burbuja inmobiliaria, la misma que al estallar ha acentuado el paro y la crisis en España. Ellos acabaron el sistema producctivo que había empezado Felipe González con sus invitaciones al pelotazo. Así que representan un modelo de financiación pública y privada. Unos se forran, otros sufren. Pobre modernidad. Lo único lógico sería la dimisión a la vez de Rajoy, Camps y Esperanza Aguirre, distintas caras de una misma lógica oficial o partidista, basada en la financiación ilegal y en el neoliberalismo desalmado. Pero esas dimisiones no son previsible, ni siquiera parecen posibles. Nos tratan como niños y luego se autoaplican una particular ley del menor. Así que los españoles deberemos acostumbrarnos a la crisis negra, la corrupción, el dinero ilegal y a pensar mal de la política. Pobre política.